Los rayos del sol quemaban mis pàrpados, abrì los ojos con brusquedad y era el ùnico que quedaba en el pabellon, todos ya estaban desayunando o ya se habìan ido a hacer alguna actividad encargada por la Abuela, bajè a la improvisada cocina y ahì estaban las esposas de los cazadores aseando y preparando màs huevos, algunas de ellas habìan ido a los restos de sus casas y trageron gallinas al Templo Azul, tambièn tenìamos perros, un par de cerdos flacos y siete vacas que nos daban leche, esas eran de los monjes y habìan sobrevivido al incendio, Las mujeres mayores no bebìan la leche pues decìan que las vacas habìan generado mucho susto durante el incendio y la leche estaba mala, pero con tanta hambre nadie escuchaba esos sustos y todos la bebìamos sin averiguar sobre las emosiones de las vacas del corral.
Comì moderadamente como todos lo hacìan, la Abuela me señalo con su huesudo dedo y me acerque a donde se encontraba sentada, me susurrò al oido: -Ralec, debes ir a los escombros de tu casa, tus padres tambièn tenìan una biblioteca privada que pòdrìa tener algo importante, pausa por hoy tu bùsqueda en la biblioteca principal y si en tu casa quedan utencilios para al cosina, tràelos, no tenemos casi nada- asentì a lo que ella decìa, me trataba como si enverdad fuese mi abuela, no podìa negarme a su dulce tono de voz, por lo que me acerquè al los jarrones del patio para lavarme la cara beber algo y salir hacia mi casa.
Caminaba cuesta abajo, aùn habìan cuerpos en las calles en descomposiciòn, era un panorama desagradable y apestoso, habìamos rociado con cal, los cadaveres muy descompuestos, habìamos hecho ya una cripta comùn, pero entre los escombros habìan màs y màs personas que no pudieron salir; mi casa estaba lejos del Templo Azul, estaba muy cerca de las escuelas y ya que la Abuela me habìa enviado hasta ahì, no me costarìa nada entrar a las ruinas de los colegios para encontrar algùn libro.
Ahì estaba parado frente a mi casa, de dos plantas y ahora estarìa reducida a piedras, maderos y polvo, el portico estaba de pie, la pared que daba hacia la calle tambièn, pero estaba casi seguro que por dentro serìa un caos, la puerta derribada a golpes me invitaba a entrar, me sentìa como un invasor, auque esa era la casa de mi familia, llegue a la sala y todo estaba quemado, los muebles, las vitrinas estaban rotas a golpes, los Ignoratios se habìan tomado la molestia de saquear nuestros bienes, lleguè a donde estuvo la cocina y era un cuadro de piedras y polvo, no quedo nada, la vista no me dejaba ver màs allà de la puerta de las ollas y sartenes me agachè a levantar algunos cubiertos y los fuì guardando en mi morral, las escaleras estaban a mi derecha, no se notaban muy solidas, pero arriba estaban las habitaciones y la biblioteca de la casa, subi con la precauciòn de que en cualquier momento podrìa caerme en una cascada de polvo y al llegar arriba escuche sonidos que me pusieron alerta.
Caminè lentamente con sigilo y temor ¿Què podrìa estar ahì arriba en mi casa destruida?, di otros pasos y notè que los cuartos no estaban tan destrozados, mi habitaciòn era la mas dañada, entrè corriendo y busquè por debajo del taburete donde estaban mis llaves, abrì la puerta intacta de mi ropero, saquè una maleta y comence a llenarla de ropa, no habìa pasado por ahì el fuego o no habìa llamdo la atenciòn de los soldados invadir un ropero, ¿còmo no guarde libros en èl? pense mientras llenaba la maleta, la cerrè con mucho esfuerzo y la arrastre por el piso, camine hacia la recàmara de mis padres y entonces me quedè petrificado ante el umbral de la puerta.
-¡Señorito Ralec!- Gritaron las dos jovencitas que limpiaban y cocinaban en mi casa, me habìan pegado un susto de muerte, y con otro grito les respondì: -¡¿Còmo es que estan ustedes aquì?!, con tartamudeos me respondieron que se habìan encerrado en la alacena que tenìa puerta de metal, mi madre insistiò durante años a mi padre de que la alacena debìa conservar los alimentos y la habìan instalado unos meses antes, tenìa llave y era casi una caja fuerte de alimentos, ellas habìan encerràdose en la alacena que ademàs estaba en el cuarto de ollas y sartenes, ese si habìa sido destrudio al caerse el techo de la cocina, Prina y su gemela Malì, eran de familia campesina y habìan servido a la casa durante casi diez años, eran de mi edad y cuando eramos niños jugabamos a escondernos por toda la casa, al parecer habìa servido de mucho, les habìa salvado la vida.
Les contè a las gemelas del campamento de refugiados en la parte norte del Templo Azul, ellas habìan permanecido en la casa todo èste tiempo me soprendìa con cada cosa que me contaban del ataque, escucharon gritos durante dìas y se habìan terminado toda la alacena desde hace varias semanas, habìan estado buscando comida enlatada en otras casas, pero siempre regresaban a la nuestra como refugio y guarida en el caso de que los soldados regresaran, las invitè a que me llevaràn a la biblioteca, pero al llegar a la puerta me di cuenta de que todo estaba destrozado, el escritorio habìa sido roto con golpes, las estanterìas estaban en el piso, lomos y lomos de libors, todos quemados; pero habìa un cuadro en la pared que no se habìa màs que humeado, estaba clavado en las cuatro puntas y era una pintura de la ciudad, en la parte de arriba estaba un gran libro dorado iluminando el cielo de Literia, me quedè mirandolo durante un par de segundos y las gemelas me sacaron del transe: -Joven Ralec, no ha quedado mucho de su casa, esperamos que sus padres esten con vida en otra parte, nuestros padres seguro murieron durante la invasiòn; el padre de ellas era soldado y su madre era hija de campesinos; el cuadro me llamaba muchìsmo la atenciòn, asi que apile varias estanterìas hasta que lelguè a la altura del cuadro y me colguè de su marco dorado, el cuadro se arrancò haciendo un boquete en cada perforaciòn de su esquina y al lelgar al suelo las gemelas extendieron sus amnos para ayudarme a ponerme de pie: -Joven Ralec, tenga cuidado, las paredes estan muy fràgiles con tantos tumbos que le dieron los invasores. Entonces mi mirada quedò vacìa, habìa una puerta de madera en la pared justo detràs del cuadro de la ciudad, tenìa una cerradura vieja y era probable que mi padre se hubiese llevado la llave.
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