Desde lejos notaba el resplandor de las fogatas, la algarabìa por la llegada de la noche a nuestra escombrosa ciudad, risas, pues no existìa la vida sin ellas, no podìamos frenar la evoluciòn y menos podìamos quedarnos llorando y entristecidos por siempre.
De mi familia ya no supe màs, mis padres y mis hermanos abordaron el tren un par de noche antes de la invaciòn, parecìa como si supieran que ocurrirìa, pero no me dejarìan al cuidado de los negocios si hubiesen sabido que la ciudad serìa tomada, se llevaron muchas cosas, era un viaje largo, el hermano mayor de mi padre habìa muerto y debìamos ir a los funerales, pero yo, el hijo mayor debìa quedarme en Literia a cuidar de todo, de nuestra casa, de nuestra tienda, ¿Què hubiese yo deseado màs que haberme ido con ellos, y estar a salvo en otra parte?, aunque no sabìa si realmente el tren llegò a su destino o fueron interseptados durante el viaje, pero eso ya no era importante, mi vida estaba aquì en mi ciudad natal, que pedìa ser rescatada.
La abuela me veìa con mucho interès y me preguntaba si habìa tenido suerte èsta tarde:
-Ralec, ¿has tendio suerte? Dime que has encontrado algo- Me dijo con gran entuciasmo, solo le pude responder con la cabeza negativamente y sin pensar màs en lo sucedido pregunte por la cena; Anatura y las otras mujeres habìan preparado una gran olla de lentejas y los cazadores habìan atrapado unas liebres en el campo, era de las mejores cenas que tendrìamos en semanas, lentejas y carne, mi cuerpo se sentìa agradecido con los alimentos pues apenas y habìa desayunado algunos frutos, que recolectabamos todas las mañanas de los cultivos sobrevivientes a la invaciòn, comì a prisa para poder ayudar a los demàs a preparar los dormitorios. El templo Azul habìa conservado su parte norte intacta, era un edificio grandìsimo lleno de monjes que se preparaban, era una especie de escuela y en la parte norte se encontraban los dormitorios, la parte central y sur habìan sido completamente destruidas, de la biblioteca ni decirlo, aunque aùn no me habìa posado por esos lugares, estaba completamente seguro de que La Abuela estarìa por ahì tratando de encontrar alguna señal de nuestra historia.
Eramos poco mas de cuarenta sobrevivientes, muchas mujeres y la mayorìa eramos personas que nos habìamos quedado sin familia, algunos al enterarse de la invaciòn se habìan ido con lo poco que pudieron cargar a otras ciudades, los monjes habìan sido enviados a el Templo Azul de Puerto Primero, un dìa antes de la invaciòn, todos sospechabamos que los habìan atrapado en el camino, pues los monjes sabìan mucho sobre Literia, quizàs los mataron a todos o quizàs algunos huyeron, era difisil saber algo en este tiempo ostìl, debìamos prepararnos para el invierno, no tenìamos alimentos, granos, no tenìamos nada. Algunos sobrevivientes por las mañanas trataban de ir a sus casas a buscar objetos que nos sirvieran en nuestra nueva casa, el Templo Azul, pero yo en los ùltimos dìas no habìa siquiera considerado pisar las propiedades de mi familia, la bùsqueda de libros era mi prioridad, y ahora tenìa uno en mi morral.
Extendimos las pocas sàbanas y frasadas sobre los colchones del piso, en un pabellon dormìan las casì treinta mujeres y en el otro estabamos los hombres, los cazadores eran señores acostumbrado a la vida ruda, no sentìan incertidumbre por lo que nos ocurrìa, parecìan sujetos mecànicos que se encargaban a diario de recolectar comida. Gaudo, su hijo y sus dos hermanos Treco y Rinjo eran campesinos, sus chozas habìan sido incendiadas durante la invaciòn, la esposa de Gaudo enfermo durante el tiempo que estuvimos escondidos y muriò, Treco y Rinjo eran solteros y casi de mi edad, aunque el tipo de vida que llevaban en el campo mostraba a unos sujetos mayores, no tardabamos mucho platicando antes de dormir, pues en ocaciones sus plàticas estaba muy limitadas a cosas del campo que me adormecìan, los cazadores eran los primeros en rendirse y comenzar a roncar, eran nueve sujetos mayores y sus mujeres eran las encargadas de la comida, terminaban exaustos despùes de la jornada y casì me sabìa de memoria las historias que contaban cuando cenabamos alrededor de las fogatas, la mayorìa de los hijos de ellos eran soldados y habìan muerto en batalla, defendiendo inutilmente la ciudad, excepto Canio, Brico y Judreo, los soldados que llevaron a todos al refugio.
Lepel podrìa decirse que era mi mejor amigo del grupo, era muy cayado y casi siempre le sacaba las conversaciones a cucharadas, estudiabamos juntos y toda su familia muriò, èl al igual que yo andaba por la plaza cuando escuchò los disparos , y cuando despertè en el refugio era de los muchos que lloraban y gritaban, su padre era de los sabios de Literia, blanco inmediato de los invasores, nuestros soldados no habìan logrado defendernos y la ciudad fue tomada, aùn no entiendo como La Abuela me encontrò.
Habìan tres hombres mayores, hijos de familia de sabios, no estaba seguro de que lo fuesen, pues fueron aniquilados todos, pero casi no hablaban, se limitabana conversar entre ellos y con las mujeres mayores, en el otro pabellòn estaban sus esposas quienes tampoco hablaban mucho, la ùnica que hacìa platica y nos hacia bromas era la Abuela, Lectiora, mi padre siempre hablaba de ella, era una mujer muy inteligente y su esposo habìa muerto muchos años atràs, me salvò de ser pisoteado por las personas que intentaron salvarse durante la invasiòn, siempre vestìan y olìa muy bien y era ella la que nos habìa acogido como sus hijos, podrìa decirse que habìa puesto algo de orden en medio del caos que surgiò en el refugio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario