sábado, 2 de julio de 2011

Guerra Literiana part 1

       Habìan pasado tres meses desde que la guerra terminò, Literia habìa sido destruida casi por completo, los edificios habìan colapsado, algunos templos se habìan resistido a los embates, pero el fuego habìa calcinado sus paredes, las casas estaban hechas escombro; algunos habìamos huido hacia los refugios cercanos a los Montes Bibliecanos y aùn estando allì el abrazador fuego de la batalla nos habìa hecho sucumbir de pies a cabeza a todos los que nos resistìamos a ser el sèquito de esclavos del ejercito de Ignoratia, esa tierra de bàrbaros que habìan destruido todo lo que tenìamos; el progreso de nuestro pueblo, mataron a nuestros sabios, al menos a los que con patriotismo defendìan nuestros conocimientos, muchos otros se rindieron y se fueron con los soldados a esa lejana tierra que les prometìa una vida diferente.
       La abuela estaba muy cansada, pero en conjunto con otros refugiados, habìan logrado ya, hacer habitable la parte norte del Templo Azul, yo en cabio, seguìa sumergido en los escombros de las bibliotecas y archivos de Literia, tratando de encontrar algo que nos sirviese para rescatar nuestra ciudad o al menos dar impulso a que en unos años renaciera y recuperara su esplendor, esplendor por el cual los Ignoratios habìan venido a buscar nuestros grandes tesoros y que erroneamente lo confundìan con magia y hechicerìa, de ser cierto, nuestros sabìos la hubiesen usado y se hubiesen defendido y logrado detener al ejercito enemigo.
       Era increible, parecìa que habìan tomado todos y cada uno de nuestros libros y habian hecho desparecer el contenido de èstos, habìan lomos por doquier, pero ninguno conservaba pàginas, encontre cuadernos vacìos que antes de la guerra quizàs estuvieron nuevos y por eso carecìan de palabras, pero era lo mismo, libors sin pàginas o cuadernos sin usar, era como si nuestra ciudad jamàs hubiese escrito en todos sus años de gloria, como si nunca hubiesemos inventado nada, como si nunca hubiesemos tenido un òrden; odiar era algo muy malo, pero la furia que sentìa por los Ignoratios, era muy parecida al odio.
       Los tenues rayos del ocaso, anunciaban mi despedida a la Biblioteca Principal de Literia, màs de una semana y no habìa encontrado huella impresa de nostros mismos, quizas le darìa un dìa mas de esperanzas a mi bùsqueda, pero entre tanto escombro, papeles quemados y maderos con olor a sufrimineto no habìa pies de la grandeza de èsta hermosa ciudad. Salì por la puerta principal que fue tirada a golpes y baje por el pòrtico de marmol del edificio, las calles me revelaban su impotencia ante el paso del ejercito enemigo, si hubiesen podido defenderse, quizàs se los hubiesen tragado, como cuando algo desaparece y pensamos que la tierra se lo ha tragado para nunca revelarnos que estuvo ahì.
        El Templo Azul no estaba muy lejos de la biblioteca, muchos edificios hermosos que ahora eran ruinas impedìan transitar las calles con comodidad, pero no era nada dificil con un poco de equilibrio y esfuerzo, esquivar montones de piedras, paredes y escombros, algunos saltos y de pronto, bajando una montaña de escombros resbalè, rodè boca abajo ensusiandome la ropa y raspàndome la piel de las muñecas y al detenerme y abrir los ojos tirado en el piso, como una revelaciòn estaba ante mì, quizàs sabìa que andaba tras ellos y esperaba a que ocurriera èsto, ¡un libro!, habìa un libro ante mì, sin parsimonia lo tomè aùn estando acostado en la tierra y lo intentè abrir.
         Estaba durìsimo, parecìa de piedra, el libro no dejaba que yo abriera su pasta, era de piel, la textura me lo indicaba, pero no podìa ojearlo, quizàs debìa llevarselo a la abuela, pero esa mujer que me habìa salvado la vida al tomarme entre la multitud que pisoteaba a todos ante la alerta de invaciòn y me habìa arrastrado hasta el refugio tenìa algo en su mirada que no acababa de convencerme, era amabilìsima, preparaba unos huevos exquisitos y todas las noches nos contaba historias a los del refugio para que no pensaramos en la catàstrofe y pudieramos dormir tranquilos, podrìa llevarselo y decirle que estaba pegado o podrìa ocultarlo entre mis pocas pertenencias.
         La noche ya abrazaba las calles, me puse de piè y me sacudì el polvo de los escombros de la ropa, guarde el libro en el morral y seguì mi camino hacia la parte norte del Templo Azul, para reunirme con los otros.

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